
El otro día despedimos a este trozo de cartón que nos ha acompañado y servido durante cuatro años.
La encontramos tiritando en una esquina de Lisboa resignada a ser el urinario de un perrete o la colchita de algún indigente friolero. Cuando se cruzaron nuestras miradas no lo dudamos un instante, era ella, la caja que necesitábamos para llevarnos el regalo que le había hecho a Esther por su cumpleaños, ella lo protegería hasta que llegáramos a casa. Y vaya si lo hizo, hasta sacaron en los periodicos su hazaña, cuando salvó la frágil lámpara de un aplastamiento seguro en un accidente de autobús. Nosotros, agradecidos, la hemos tenido como una reina durante cuatro años como caja de la ropa sucia (curioso halago que se le puede hacer a una caja de compresas), se la hemos enseñado a todas las visitas, y hemos narrado sus aventuras a lo largo y ancho del mundo (oblongo, como internet).
Llegó el momento de dejarla marchar al cielo de las cajas de cartón y esperamos que en su próxima vida tenga una feliz existencia como paquete de donetes o display del nuevo aceite de Bertín Osborne, eso, un Bertín Osborne a tamaño real impreso sobre la que fué nuestra querida caja de renova. ¿Qué más se puede pedir?

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